El ruido de la vida de los demás

En el comienzo se tienen los amigos o contactos que se tienen en la vida real. Luego se comienza a buscar la gente con la cual se ha perdido contacto hace tiempo. O esa gente lo busca a uno y por desgracia, termina uno encontrado. Luego viene el ruido.

“¿Qué será de la vida de la pelirroja que nos parecía tan guapa y que conocimos en aquellas vacaciones lejanas? Facebook podría tener la respuesta. Probablemente ya sea una fofa con cinco hijos y dos matrimonios encima. O de pronto viva en Berlín y se la pasa viajando. Hasta tenga un puestazo en una multinacional, tal vez.”

De repente el primer escenario parece más tolerable. Es esa odiosa proyección de escenarios hipotéticos lo que mueve a la mayoría de usuarios de las redes sociales. Después de unas cuantas semanas de frenética actividad se tienen demasiados contactos, más amigos de los que podemos recordar, más afiliaciones de las que podemos endosar, y apoyamos más causas de las que nos deberían importar.

“Y entonces comenzamos a rechazar, ignorar, ocultar y filtrar.”

Hacer uso de las herramientas que provee Facebook es el primer indicio de que algo nos resulta perturbador.

Lidiando con la Economía de la Atención.

“Aceptémoslo. Vivimos en una época mediada por la economía de la atención, teoría que trata la atención humana como un bien escaso. Hoy en día gran parte de nuestras vidas se lleva a cabo en la web, las redes sociales y todos sus derivados. Abunda la cantidad de información y datos, pero escasean los bienes más preciado por todos: el tiempo y la atención.”

Facebook -en su concepción original- era un invento fenomenal.

Acaparó nuestro tiempo y atención de manera exponencial. Nos vendió la idea de que estaba en capacidad de reproducir las relaciones interpersonales como se daban en el mundo real. Pero en algún momento el invento nos superó. Convirtió nuestras relaciones en batallas de popularidad y, a veces, nos hizo quedar como ególatras con ínfulas de celebridad. Ahora el mundo real reproduce las relaciones como se dan en Facebook, con todo lo que eso pueda implicar.

Facebook se ha convertido en una especie de epidemia cultural.

Por culpa de él, se dice que la gente está sufriendo crisis de identidad, depresiones y otras cosas más. Se dice también que produce todo lo contrario. Por ahí leí que publicar fotos de lo que se come es señal de baja autoestima. Yo pensaba que era propio de los seguidores de Baco. De esa subespecie que está llena de si misma. Yo me inclino a pensar que la gente se esfuerza en ser aceptada, en encajar, pero termina siendo rechazada o juzgada. Es un fenómeno más bien incluyente. Sucede en todas partes. Por eso la mayoría de estas plataformas trata de reinventarse. Ojalá las redes pudieran reinventar a sus usuarios.

“Eso no es culpa de Facebook.”

Es el reflejo de una sociedad, saturada e insegura, que está hiperconectada e hipertrofiada. Una sociedad donde la apropiación de las nuevas tecnologías no necesariamente hace que sus usuarios sean más inteligentes, o, en su defecto, menos desdichados. Eso es lo malo de Facebook.

Lo malo de Facebook son sus usuarios.

Todos en mayor o menor grado. Tanto aquel usuario que exuda positivismo y “buena vibra”, como aquel cuya vida parece sacada de un culebrón sin fin. Ambos son foco de una virulencia sin parangón y producto de una infinita necesidad de atención y de reconocimiento. Tanto el usuario que sube cien fotos de unas vacaciones extraordinarias, como aquel que sube una foto de la abuela moribunda. Todos, sin excepción, son insufribles. Perdón, somos.

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¿Qué somos?

En Facebook somos millones de fotos de la misma puesta de sol, pero con distintos filtros. Somos borracheras vergonzosas. Somos platos de comida en un restaurante sobrevalorado. Somos los felices consumidores (Fans) de la Coca-Cola. Somos patrioteros, defensores de la democracia (digital). Somos madres orgullosas e ingenuas que suben fotos de sus bebés como Dios lo trajo al mundo cuando éstos no tienen como dar su consentimiento. Somos la suma de nuestros comentarios en caliente para celebrar, o condenar, esto o aquello que excita nuestra efímera indignación o entusiasmo. Somos blogueros con acciones a la baja. Somos mono-temáticos predecibles.

Existe bastante ingenuidad y un buen grado de desmesura en las redes sociales y como la mimesis es el mecanismo fundamental mediante el cual sus usuarios se familiarizan con ellas, es de esperarse que la decadencia y el ruido se acentuarán con el tiempo. A lo anterior súmele que los mercachifles hace rato se apoderaron de su línea de tiempo. Ahí radica el otro gran problema de Facebook. En un comienzo Facebook se presentaba asimismo en función de las personas. Pero ahora opera en función del valor comercial que tiene toda esa información que sus usuarios le han cedido. No es poca cosa.

“Entonces, ¿qué nos queda?”

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El nuevo “cool”: Borrar el perfil de Facebook.

Borrar el perfil de Facebook es el último grito de la moda. Es lo que sugieren los analistas digitales cuando se está harto de la famosa red; o si simplemente, se quiere parecer muy cool y a la vanguardia. Si bien sustraerse de la ecuación no la resuelve, ayuda a que esta sea menos compleja.

Yo borré mi cuenta de Facebook de manera permanente y definitiva no porque sea muy cool, sino por falta de fe. Me ha parecido lo más sensato en vista de lo fácil que es caer en todo lo anterior y ante la perspectiva de que todo será peor.

Que cerrar el Facebook se considere una muestra de originalidad y …de ser muy cool puede que sea una muestra más de la liviandad en redes: es lo más cool que se puede hacer para no ser cool, y a la vez, quedar muy cool. Es el precio que se paga en una época donde hasta el más simple acto de autodeterminación termina siendo celebrado como un llamado a la acción (y una invitación a usar extranjerismos odiosos).

Una modesta contribución: la ilusión del anonimato.

Se dice que hemos llegado a una etapa donde el anonimato no existe.  Es una singularidad terrible y difícil de debatir. Pero lo interesante es que, al final, siempre se termina cuestionando y replanteando unas cuantas relaciones; situación que SIEMPRE resulta beneficiosa para las partes involucradas. Se disminuye la posibilidad de distracción y la productividad, en teoría, debería aumentar.

Como ya no se existe en Facebook, las insistentes invitaciones y solicitudes de contactos que ven en un “Me Gusta” la validación social que les permite enfrentar el día a día no son sino un recuerdo del pasado.

Piénselo.

Nunca más recibirá invitaciones para darle “Me Gusta” a un enlace que lo lleve a ver “El video que conmociona y hace llorar a todo Facebook”…pueblo lelo sin oficio. Es la ilusión del anonimato. Lo sé, tan solo la ilusión.

Viviendo a mitad de camino.

Siendo seres con una necesidad genuina de socializar y comunicar, la decisión de tener una huella digital está definida por una paradoja intrigante. Mientras feriamos nuestro derecho a la privacidad (publicando hasta cuando vamos al baño), nos indignamos porque el Gobierno nos espía y tiene acceso a nuestra información; pero a su vez, sentimos una fascinación casi morbosa cuando sabemos que alguien nos sigue o nos envía una solicitud de amistad. En la economía de la atención, la vida de los demás tiene un precio definido por el valor de nuestra propia huella digital. Una construcción compleja que roba nuestro tiempo y atención; cosa que muy probablemente, termina distorsionando nuestra realidad y la noción que poseíamos sobre las amistades y el reconocimiento social.

Es uno de los legados de nuestros tiempos, monitorear la vida de los demás como proceso social de significación; representado en las aspiraciones que nos mueven, las cosas sobre las cuales fantaseamos, nuestras experiencias, pero sobretodo, en aquello que está ausente en nuestras vidas. De esta manera terminamos existiendo en algún lugar que se encuentra a mitad de camino entre la vida que llevamos y la que quisiéramos llevar. Das Leben der Anderen, o mejor, la vida de los demás.****

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